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Del poder, la literatura, Trump y López Obrador

Hay muchísimas textos literarios, más de los que aquí cito, que se vuelcan sobre el poder como argumento. Por lo pronto, me limitaré nada más algunos. Comienzo con una obra de teatro fundamental, The Tragedy of   Macbeth representada en 1606 y escrita (hay quien piensa que no en su totalidad) por el escritor que conocía todos los aspectos de la naturaleza humana, por el enigmático William Shakespeare. La historia del ambicioso  Macbeth, avidez la suya alimentaba por su esposa, nos muestra qué ocurre con desear el poder por el poder mismo. La porfía de Macbeth por convertirse en el rey de Escocia, a punta de asesinatos, le confiere un destino aciago, que ha sido profetizado  por el discurso críptico de tres brujas, “las hermanas fatídicas”. Ellas sí muy poderosas y sin problemas al respecto. Lo saben todo

Decía mi mamá que “el que todo lo quiere, todo lo pierde”. Las grandes historias sobre el poder terminan en el fracaso o en la muerte del que lo ha detentado más allá de lo debido, del que no supo mantener o crear un concepto político que beneficiara a un país o una comunidad. El poder no puede  arrebatarse para uno mismo o para un solo partido político. La literatura ha ahondado profundamente en este porfía de los seres humanos, más allá de Weber, Foucault y  Luhmann, por citar a algunos nombres que han sido piedra de toque en el mundo contemporáneo y que han tratado la trama del poder. Foucault se preguntaba cómo las voluntades individuales podían representar la voluntad general. Gran pregunta. Freud, aunque abordó poco el tema, se refería a manifestaciones implícitas del poder, es decir, inconscientes, y a las explícitas que  provenían de una revisión pensada sobre el poder. Pero no haré aquí un exposición del asunto a partir de la filosofía, el psicoanálisis o la ciencia política, sino que me limitaré a entresacar algunas constantes literarias con respecto a la cuestión del poder.

Hay muchísimas textos literarios, más de los que aquí cito, que se vuelcan sobre el poder como argumento. Por lo pronto, me limitaré nada más algunos. Comienzo con una obra de teatro fundamental, The Tragedy of   Macbeth representada en 1606 y escrita (hay quien piensa que no en su totalidad) por el escritor que conocía todos los aspectos de la naturaleza humana, por el enigmático William Shakespeare. La historia del ambicioso  Macbeth, avidez la suya alimentaba por su esposa, nos muestra qué ocurre con desear el poder por el poder mismo. La porfía de Macbeth por convertirse en el rey de Escocia, a punta de asesinatos, le confiere un destino aciago, que ha sido profetizado  por el discurso críptico de tres brujas, “las hermanas fatídicas”. Ellas sí muy poderosas y sin problemas al respecto. Lo saben todo.

En  La sombra del caudillo (1929) de Martín Luis Guzmán, novela que debería leerse más, resalta la profunda crítica al caudillismo, emergido de la Revolución Mexicana y que inició un ciclo del poder en México. Creo, incluso que el misterio y la atracción del caudillo no  ha menguado en nuestros días.  Guzmán lleva a cabo una sarcástica y fina crítica a nuestra Revolución y, claro está, el meollo de todo estriba en el poder y cómo pasarlo al siguiente caudillo. La novela es espléndida en todos sentidos. Publicada en Madrid, estuvo prohibida en nuestro país algunos años.

Albert Camus escribió una pieza dramática en cuatro actos basada en la figura del brutal Calígula (1937) y se representó en 1944. Camus destaca la tenue división entre el poder y la tiranía. Fue la primera obra de teatro del escritor francés, que la siguió trabajando hasta 1957.

Todos los hombres del rey de Robert Penn Warren fue publicada en 1946. El escritor ganó dos veces el Pulitzer, por dos libros de poesía y por la novela mencionada, que ha sido llevaba a la pantalla en dos ocasiones, la última con Seann Penn , Jude Law, y Kate Winslet como actores (2006). Willi Stark es el protagonista, basado en la figura de Huey Long, gobernador de Louisiana en los años  30, un populista amado por las multitudes, gran orador. En el libro, Willie Stark, de origen humilde, logra estudiar leyes y llegar a la gubernatura de su estado. En el camino se transforma en una suerte de dictador sin escrúpulos. Traiciona a todo el mundo por una excesiva lealtad a sí mismo. Todos los hombres del rey es una de las grandes novelas políticas del siglo XX, que continúa fascinando a los lectores hoy. Es, sin lugar a dudas, un clásico sobre el tema del poder.

Bella del señor   (1968) de Albert Cohen es otra novela fundamental que trata las relaciones de poder en el amor, dentro un mundo gobernado por el totalitarismo. La historia ocurre entre Ginebra y Francia, en los brutales años treinta, justo cuando  en Alemania se afianza  el antisemitismo. Los celos, el paroxismo de la pasión e incluso los infiernos de la carne se ponen en movimiento. Aquí, el amor es una de las versiones del poder.

Hay grandes representaciones literaria del poder, muchas más de las que he escogido para este pequeño artículo, que merodea, con una mínima y torpe descripción de los textos mencionados, lo ocurrido al presidente Donald Trump de los Estados Unidos de América, un personaje más fársico que trágico, pero que estuvo a punto de afectar brutalmente a la democracia estadounidense. Por fortuna, las instituciones fueron más fuertes que él y sus muchos seguidores, porque desgraciadamente sí son muchos.

Finalmente, “cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”. Lo digo porque el interés del presidente Andrés Manuel López Obrador por borrar de un dedazo suyo a instituciones realmente democráticas, el INAI y el IFT, en aras de una cacareada “austeridad republicana”, así como muchos recortes  y enjuagues que ha realizado por el mismo motivo, lo cual  remite no a la idea de procurar mejoramientos a la nación y a los ciudadanos sino a un ansia peligrosa del poder en sí y para sí mismo.  Me parece muy grave.