Internacionales

Violencia en el Capitolio

Desgraciadamente la derecha se ha adueñado de la indignación de millones de trabajadores blancos a quienes los monstruos financistas han explotado sus demonios racistas, religiosos y nacionalistas

Cuando los representantes fueron secuestrados en el Capitolio pensé de inmediato en varias congresistas a quienes les profeso una particular estima y un enorme agradecimiento. 

No en vano se ganaron el odio de Trump y sus secuaces, pero nunca desfallecieron en su papel de titanes en favor de los excluidos y la justicia en la Cámara de Representantes

Ellas son: Ilhan Omar (por Minnesota), Alexandra Ocasio-Cortez, AOC, (por Nueva York)  Ayanna Pressley (por Massachussets, representante en mi distrito), en Rashida Tlaib (por Michigan), Cori Bush (por Missouri) y el hombre Jamaal Bowman (también por Nueva York).  Los dos últimos nombres electos en el torneo de votos recién concluido. Todas y él tienen en común lo siguiente: son jóvenes, de color, salidas del pueblo, apoyaron a Bernie Sanders y jamás disimularon su socialismo. 

Pensé en sus vidas porque quienes estuvieran presentes en el Capitolio corrían el riesgo de ser asesinadas o de convertirse en directos rehenes.  Lo sabía porque estos nombres son muy odiados entre los trumpistas.  Demócratas y republicanos se escondieron como pudieron, y como lo reseña el Washington Post transcurrieron 6 horas de parálisis.

De hecho el mismo rotativo reportó hoy que AOC temió por su vida y que “colegas” republicanos de ella llevaran a los insubordinados hasta su oficina.

Nada fue una broma, el amotinamiento probó ser letal. No por nada Trump ha sido acusado por la Cámara de Representantes (impeachment) y por segunda vez consecutiva, con el cargo de incitación a la insurrección.  No es ninguna exageración. 

Nadie del lado republicano, ningún senador o representante, fue atendido por Trump a pesar de las llamadas telefónicas. Después, el senador Lindsay Graham (un servil e incondicional del régimen) recordaría que el presidente estaba embebido siguiendo los acontecimientos y en un trance de evidente simpatía hacia los asaltantes. Ni sus aliados le importaron.

Fue un milagro que no se produjera una masacre.  Si la suerte se destacó, no menos fue la extraña planeación  policial para la ocasión.

He asistido a muchas manifestaciones. Me consta el militarismo y hasta el racismo de la policía, empapada de matonismo, de caballos impresionantes y de todo un atuendo tipo “robocop”, acompañado, además, de tecnologías letales de última generación. Y, por supuesto, los acostumbrados vuelos de los helicópteros.

Pero me quedé con la boca abierta al constatar que nada  de ello sucedió en Washington el pasado 6 de enero. Ni los helicópteros que de rigor siempre aparecen se vieron.

Los hechos todos, en su verdadera dimensión, todavía no se saben. Pero no dejo de sospechar que policías, políticos y militares en esta intentona de golpe de estado.  

Desconfío mucho de los policías y de los elementos militares que durante estos 4 años han sido entusiastas porristas de Donald J. Trump y de su autoritario régimen.

¿Por qué los socialistas de este país nos oponemos a esta insurrección?

Primero, porque las consultas democráticas, sus resultados electorales, deben respetarse; además, en este torneo es donde hemos logrado sacar representantes al Congreso, fruto de un esfuerzo popular de base para conquistar ideales de justicia. 

Desconocer el resultado electoral es objetivamente contrarrevolucionario y antipopular.

Segundo, porque el putchismo fascista, empoderado, es una amenaza letal a los ideales democráticos del progresismo estadounidense.

Tercero, porque tanto poderío nuclear no puede seguir en manos de Trump. Por cierto, un mundo sin armas nucleares es nuestro objetivo.

Pienso que la izquierda en otros países debe de asumir una postura similar de condena.

La lucha democrática en el imperio y la participación en sus mecanismos democráticos (que son muchos y variados) son específicos a las condiciones de Estados Unidos, por lo que no puede ni debe ser una réplica de otras narrativas o experiencias revolucionarias radicales o moderadas.

Es obvio que la intentona golpista es resultado de casi 50 años de retroceso en la calidad de vida de las familias estadounidenses, al pasar  esta sociedad de una economía industrializada a una de especulación financiera y de servicios, y a una criminal desregularización de la economía y los derechos sociales que, como bien se sabe, se heredaron con  el New Deal de Franklin Roosevelt.  

Hoy el trabajo es precario, inseguro, con pocas prestaciones legales.  Ya no es como en los 50s y 60s, parte de los 70s,  del siglo pasado, cuando con un salario se aspiraba a comprar una vivienda y un carro, un seguro médico, mandar cómodamente los hijos a la universidad y despacharlos de sus hogares al cumplir los 18.  

Hoy se trabaja más, mucho más,  por mucho menos, en oficios que crean poco valor real. La angustia de existir se ha disparado junto al enloquecedor ritmo de la vida. Esta crisis evidenció con la recesión del 2008 y se llenó de un virulento salpullido con la pandemia.

Se ha nacido para obedecer y consumir.

El mundo es un manicomio.

Desgraciadamente la derecha se ha adueñado de la indignación de millones de trabajadores blancos a quienes los monstruos financistas han explotado sus demonios racistas, religiosos y nacionalistas.

La derecha evangélica es una promotora ideológica de este infierno. 

El partido demócrata tiene una grave cuota de responsabilidad al haber abrazado desde Clinton deshumanizadas políticas neoliberales.  Nunca fue bueno trasladar las industrias al extranjero y desproteger los derechos sociales del ciudadano, y privatizar casi todo.

El mundo debe ponerle un punto final  al capital especulativo y a la inmoral apropiación del trabajo ajeno, así como al armamentismo y a las interminables guerras. ¡Fin a la crueldad!

No podemos seguir retrocediendo.  ¡Esta asonada debe ser condenada por todas las personas de buena fe!

(*) Allen Pérez es Abogado